sábado, 16 de noviembre de 2013

El D.F.


Por Claudia Castro

28 de oct. 2013

Crónica leída durante la Noche Multicultural en PSICOM

Veinte de enero del 2013, llegué al D.F. directamente a la colonia Roma, con mi amiga Marycarmen esperándome. Ella es una persona complicada pero muy divertida, nos conocimos el verano del 2012 en Monterrey, y desde entonces nos prometimos vivir juntas si íbamos al D.F. y así fue, meses después me arrepentí, pero esa es otra historia.

Quizás una hora después de haber llegado al departamento, conocí a los dueños del lugar. Ángel, Edgar y Patricio (pato). Minutos después, Marycarmen me llevó engañada al paseo de la Reforma, en ecobici. Soy mala en bicicleta, me caí en dos ocasiones esa tarde.

Vivimos dos semanas ahí, nos dedicamos a buscar departamento y a conocer los bares de la Condesa, iniciamos clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM. Donde por cierto, un viernes, a base de mentiras, nos obligaron a todos los alumnos de movilidad a vacunarnos contra la hepatitis b y tétano.

Las siguientes dos semanas, nos mudamos con otro amigo, Ricardo, a la colonia Escandón.

Un mes después, por fin tuvimos nuestro propio departamento, ya no estaba en la delegación ni en la zona más hipster y próspera de la ciudad sino, en el antiguo pueblo de Coyoacán, en la zona de Copilco. Ahora necesitábamos dos roommates. Nayeli, vieja amiga de la carrera, y Marian una chica que encontramos por internet. En seguida se fueron a vivir con nosotras. El departamento, amplio e iluminado, según el anuncio en internet… sí lo era y también muy seguro y bonito, lo mejor era la corta distancia hacia C.U.

Tengo que retroceder un poco en la historia para contarles por qué me enamoré de esa ciudad. El segundo día de escuela, en la clase de Ciencias Políticas entra al aula el maestro adjunto, Edgar. Es todo un personaje. Usa sombreros exóticos, botas y ropa holgada.

En marzo, me envió un correo invitándome a comer quesos. Con todo el morbo del mundo y claro, el ego más grande, asistí. Fuimos al mercado San Juan de la calle Piaget en el centro histórico. No sabía de quesos antes de ir por primera vez ahí. Hay de todo tipo, importados, nacionales, embutidos exóticos, postres deliciosos… es un lugar muy sencillo pero con la carta más exquisita que podrías probar, si eres tolerante a la lactosa, claro…

Edgar me llevó a museos, teatros, cafés, restaurantes de todo tipo pero con las comidas más ricas que he probado, ya sea una ensalada de palmito en El Cardenal, caldos rusos en una fonda cerca del metro revolución o la mejor lasaña vegetariana en un restaurante muy lindo en el centro de Tlalpan. Lo mejor fue un café por el centro de Coyoacán. Sus postres, tés y cafés son todos orgánicos y lo especial fue el pastel de té verde con salsa de frutos rojos.

Él es la persona más culta e interesante, más respetuosa y posiblemente mejor educada que he conocido, hasta puso mi nombre en uno de sus textos para una revista en la que escribe. Sólo tiene un defecto, la edad. No tengo ninguna fotografía de él, él por el contrario, capturó muchas fotografías de mí en su celular.

Estarán pensando que por él aprobé la materia, yo también creí eso hasta que me entregó mis ensayos donde anotaba todo lo malo y lo bueno.

El primer domingo de abril, por la noche, todos los amigos fuimos a cenar al centro de Coyoacán, caímos en una pizzería. Nayeli, que no tenía empleo, preguntó si estaban necesitando meseras. A su suerte sí. Comenzó al día siguiente. A las dos semanas fui a comer a la pizzería y conocí al gerente, Alfonso.

A la semana comenzamos a salir, fue muy divertido. El chico es guapísimo. Es irreverente, músico, y se enamoró de mi…

Las clases en la UNAM fueron de lo mejor, lectura tras lectura, clase tras clase. Los maestros son verdaderos profesionales, ejercen en lo que imparten así que es como un doble aprendizaje. Los maestros adjuntos fueron todos muy amables, salvo uno, Enrique. Es un chico mediocre con aires de grandeza, centralista y como los defeños dirían, es un chico de barrio. Es decir, vive en Tepito.

El promedio de alumnos por clase es de 35, las aulas tienen 20 o 25 butacas, así que si llegas tarde, tienes que sentarte en el piso. No hay proyectores ni pizarrones blancos como en la Universidad de Sonora pero, en esas aulas, se hicieron verdaderos debates y puedes reconocer la ideología marxista con la que son educados, puedes reconocer el dolor que guardan por todos los acontecimientos políticos que ha padecido la ciudad y el país. Algo así te pasa cuando visitas la plaza de las tres culturas, que al estar frente a la gran lápida con los nombres de los líderes caídos del movimiento, en esa gran plancha que sirvió para masacrar a tantos universitarios en el 68.

Últimas tres semanas de junio: Días de ir todos los días a la oficina donde hice mis prácticas profesionales. También me dediqué a recorrer museos, calles, plazas, lugares turísticos… Marycarmen y yo nos escapamos un fin de semana a Cuernavaca, aprovechamos y fuimos a Tepoztlan, un pueblo con encanto. Ahí subimos dos km de escalones para llegar a la pirámide del Tepozteco.

El día 30 de junio, mi vuelo de regreso al calor y a la realidad. Un poco triste por no seguir allá pero muy satisfecha por haber estado en esa grandiosa ciudad. Me llevo en la mente los domingos de caminar y caminar, comer delicioso y conocer lugares divertidísimos con Nayeli. Me llevo la sensación más loca y sofocante como lo es para mí haber ido sola al Vive Latino y caminar entre miles de personas de un escenario a otro. El irritarme tanto en el metro por estar tan lleno pero también agradecida por esas larguísimas distancias que me permitían leer. Me llevo el tranvía y las quesadillas más ricas del mercado de Coyoacán, el Ángel de la independencia un domingo por la tarde mientras se celebra el Festival de las Culturas amigas, era como un río de gente. Me llevo el bellísimo castillo de Chapultepec, la casa del lago y una caminata por el parque mientras llueve.

Está también el bello palacio de Bellas Artes, la vista de la ciudad desde la Torre Latinoamercana, o el monumento a la revolución en una tarde con un cielo especial, o las alas de la ciudad de noche, el ballet de la Escuela Nacional de Danza con la Orquesta de Bellas Artes en el Auditorio Nacional. Y qué decir de Xochimilco, un lago estancado con agua muy limpia pero con un suelo verde. Lo más divertido fue recorrer la Condesa, te encuentras con sorpresas. Así como sorprendente es la Biblioteca Central o Rectoría de la UNAM.

Lo mejor de esa ciudad fueron las personas que conocí, tan particularmente originales y ahora mis más grandes amigos.


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